jueves, 26 de enero de 2017


El Tackle

¿Cómo le dices a tu hijo de seis años que tienes miedo? ¿Cómo le explicas cuanto te pesan las hombreras cuando entras al campo corriendo y saludando a los fanáticos? Hubiera querido, madurar, sentar cabeza cinco años antes. Le podría hablar con la verdad, decirle que lo más probable es que sea mi última temporada, explicarle porque a los cuarenta y dos es un milagro que me hayan extendido el contrato un año más. ¿Cómo le dices a tu hijo de 6 años que su padre de dos metros cinco centímetros y ciento veinte kilos está a punto de derrumbarse?
¿Cómo lidio con las ganas de renunciar cada vez que el coach me manda a golpear?
— ¡Harvey¡ ¡Vas de tackle derecho! ¡Hay que pegarle a ese linebacker que nos está haciendo mierda!
Vamos Harvey, pégale al linebacker, tu puedes, no importa que sea un primera selección de 22 años, ni que pese diez kilos más que tu y pegue como la maldita suegra del demonio.
Termina el partido y no hay prensa, no hay flashes, no hay fanáticos. Al inicio el público nos mira a todos, se emocionan con el humo, la música, las porristas, el sonido del estadio que grita nuestros nombres. Al final solo miran al mariscal, al receptor, al corredor, al esquinero que interceptó.
Logro arrastrarme solo y lento al vestidor. A veces la mueca se vuelve sonrisa cuando imagino que en la entrada del foso habrá un niño, se quedará viéndome con ojos muy abiertos, no sé si de miedo o asombro, y al final me cambiará su helada coca cola por mi sucio y sudado jersey. El niño corre imaginando que es el jugador… el jugador se arrastra al vestidor.
Incluso el ruido empieza a cansarme, a molestarme, el olor del sudor, las toallas volando de aquí para allá, las bromas, bueno, a veces me hacen sonreír las bromas pero… ¿Cuándo fue la última vez que hice una broma en el vestidor? ¿Cuándo fue la última vez que di un toallazo? ¿Por qué ya nadie me da toallazos?
Me ducho, con calma, me visto, con calma, aunque quisiera salir corriendo a mi casa, a mi esposa, a mi hijo.
— ¡Papi! ¡Jodiste a ese esquinero!
Lo miro con severidad, quisiera levantarlo por los aires y decirle: Si hijo, jodí a ese maldito esquinero, lo jodí aunque tronaran cada uno de mis malditos huesos. Y lo hice por ti, porque eres lo único que me impide renunciar, mandar todo al diablo, y te amo por eso.
— ¿Qué fue lo que hablamos sobre las malas palabras jovencito?
¿Cómo le hago para llorar hacia adentro cuando lo veo bajar apenado la mirada y decir?:
— Discúlpeme señor, no lo volveré a hacer.
FIN