A pesar del frio no perdía el paso de John Wayne; iba directamente hacia mi objetivo. No sabia si ese espulgado a conciencia de todas las varas y cocos hacia que no perdiera el paso. O si por el contrario, ese churro tan excelsamente espulgado y ponchado con la pericia de un liador habanero, hacia que caminara como un vil pendejo descoordinado, y la calidad del material hacia que no lo notara. Fuera cual fuere el motivo, con mi real o alucinada seguridad seguí caminando.
Abrí las dos puertas de una patada, no recordaba tener tanta elasticidad. Las puertas batientes por poco me golpean la cara al regresar. Pero Goldie estaba ahí. ¿Goldie? ¿Quien madres le puso ese apodo? ¿Otra rubia como ella? Es obvio que es apodo. El incidente con las puertas hizo reír a los imbéciles que estaban ahí, dándome los segundos necesarios para escanear con debido detalle a mi damisela en apuros. Tenía puestas unas zapatillas color de rosa, con unos tacones tan altos y puntiagudos que fácilmente las podría usar para atravesarte el corazón. Unas pantorrillas macizas, fuertes: y que no desentonaban con unas monumentales piernas y el trastero más glorioso de la historia de la humanidad. Su cintura parecía desaparecer a los costados y donde la espalda comenzaba a tener su decente nombre; justo ahí se abría su corto y entallado vestido de satín negro, dejando al descubierto su espalda y los suaves y firmes brazos con los que se traba a de librar del gañan que la tenia cautiva y que traba de tocarle sus perfectos senos.
El lugar era estrecho, como un estrecho y mal oliente agujero de rata. Solo había poco más de metro y medio entre la sucia y apolillada barra y la pared llena de grafitis y escupitajos, al terminar la barra había un espacio algo más grande donde el enorme y sucio gañan intentaba manosear a Goldie, dios, odiaba ese nombre tanto como amaba su trasero y sus ojos grandes y brillantes como obsidianas. Las mesas y las sillas apenas dejaban espacio para pasar, el techo estaba lleno de cds colgando que tenían estúpidas calcomanías o mensajes escritos a mano, también colgaban algunos peluches y viejos posters de futbol. Parecía el techo de una peluquería de ancianos gay, pero el mohoso y sucio mobiliario, los olores, agrio, orines y marihuana te dejaba bien claro donde estabas.
El primero de mis oponentes hizo su movimiento, muy predecible, incline mi cabeza para estrellar en mi frente en su nariz, la que ya iba sangrando cuando estampe su cráneo en la pared; el segundo tomo una botella y dio una zancada para avanzar hacia a mi, patié el banco de la barra hacia sus pies, la fuerza de la caída se complemento con la de mi pie en su cara de sucia rana, su gorra de rastafari salió volando a la altura de mi cara, la hubiera conservado de no haber estado tan mugrosa.
Ya estaba casi al final de la barra, tome una caguama, la iba a quebrar para librar a mi rubia beldad de su grotesco captor cuando este simplemente la soltó. La tome de la muñeca, dimos unos pasos atrás, tome la chamarra del tipo que con el que añadí mas ADN a la pared, sin perder de vista al imbécil que nos miraba con ódio al fondo del bar, cubrí a Goldie con ella y salimos corriendo de ahí. El barman, todo el tiempo, no hizo mas que secar vasos como si nada pasara.
CONTINUARA MUY PRONTO



